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12:10h. Domingo, 22 de Octubre de 2017

TIERRA DE SENSACIONES PERPETUAS

2º Parte

La Kenia que no se visita...

Foto: José Luis Molinero
Foto: José Luis Molinero

Dejamos nuestra aventura en Kenia en el número anterior hablando sobre las diferencias de descubrir un país africano según el plan en el que se viaja. Hacerlo de turismo, con guías que están contigo en todo momento, hablándote incluso en tu propio idioma, y conductores que te trasladan de un punto lujoso a otro, es la opción mayoritaria. Del hotel en la capital al lodge[i], del lodge al safari en una reserva cerrada, y de ahí de nuevo al lodge a degustar una cena internacional tipo buffet, y a dormir en una habitación con sábanas limpias, mosquitera, baño propio y hasta agua caliente, todo un lujo en términos de la latitud en la que estamos. Eso sí, hay que acostumbrarse a los sonidos de la noche y a los ojos iluminados que te observan desde cualquier lugar cuando enfocas con la linterna a través de la ventana de la cabaña. Los únicos inconvenientes son el ajetreo de las carreteras con los baches y el polvo del camino sin asfaltar (“o vumbi barabara”, que dirían los locales) que hacen que llegues sucio y mareado, y los madrugones para poder divisar a la fauna salvaje en plena actividad antes de que el calor les adormezca, y busquen una buena sombra en la que descansar y aplacar los calores de las horas centrales en la sabana.

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Pero si después de viajar en “primera clase” te planteas volver con el chip cambiado, tras haber fundado una ONG de cooperación al desarrollo, dedicada a ayudar a la gente de aquel país que tanto te impresionó y te ofreció en tus viajes anteriores, la cosa cambia. Si consigues, como fue mi caso, que tu guía se convierta en tu amigo, tienes bastante ganado, y la intendencia asegurada, que no es poco.

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Lo primero que cambias son los lujos de un hotel occidental a un alojamiento mucho más humilde y austero, más propio de la realidad que se vive en Kenia. También cambian, en un viaje en el que vas a visitar proyectos en los que colaborar, previamente localizados desde España con la ayuda de las contrapartes que residen allí, los lugares que visitas. Es fundamental para observar la otra gran realidad de África, alejada del turismo, detenerse en Kibera, un asentamiento en los suburbios de Nairobi, que constituye la mayor barriada pobre del país y el segundo más grande de África, después del de Soweto (Sudáfrica), con más de un millón de habitantes. Mezcla de personas hacinadas en casas de latón, rodeadas de barro, suciedad, y zanjas para que fluyan por las callejuelas las aguas fecales al aire libre; montañas de basura, y olor a pescado seco, quemas de plástico y materia orgánica en descomposición. Chozas de madera y barro albergan peluquerías, congregaciones religiosas e incluso escuelas de conducir.

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Pero el resto del camino por la otra África tampoco te puede dejar impasible. Personas andando por cualquier lugar, comercios con los productos colocados sobre el suelo al lado del camino polvoriento, casas hechas con lo primero que han podido encontrar, junto a grandes latifundios privados, reservas de caza con aeropuertos incluidos, herencia del pasado colonial.

Como se puede suponer, las personas con las que te cruzas cuando atraviesas un país en vías de desarrollo con esta hoja de ruta, son de lo más variopinta, y todas ellas, ejemplos de generosidad y superación. Y los testimonios son escalofriantes. Desde una monja con un sólo brazo, que perdió en un accidente de tráfico allí mismo, que ha aprendido a hacerlo con el otro para seguir siendo útil, a voluntarios que decidieron vivir en esa parte de África con el fin de ayudar sobre el terreno, o keniatas que, una vez lograron salir de la pobreza y formarse, optaron regresar en lugar de buscar fortuna en un país occidental, a colaborar con los que comparten sus orígenes.

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Las situaciones también resultan sorprendentes, como acabar bailando con los alumnos de un centro educativo danzas locales de bienvenida, encontrarte con una familia malagueña que se mudó a Kenia y aprendió swahili para participar en proyectos de cooperación, y uno de sus hijos se emociona y sale corriendo gritando: “¡jamón!” cuando les llevas ese detalle para la cena, o degustar las “exquisiteces” de un hombre que nos invitó a comer en su casa, sin tener idea de cocina, ni contar con apenas ingredientes. Pero, sobre todo, me quedo con la cara de los keniatas, mayores y pequeños, cuando ven que alguien viene de la otra parte del mundo, la de los dólares y los euros, para interesarse por su situación e intentar echar una pequeña mano.

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La conclusión de mis experiencias en este fabuloso país, es que siempre te llevas mucho más de lo que das, y que cualquier esfuerzo y tiempo invertido allí, como en el resto del continente, será recompensado con creces de una manera impensable.

KWAHERI, RAFIKIS![i

 

[i] Hotel en medio de los parques nacionales, adaptados al entorno, ya que las habitaciones son pequeñas Cabañas individuales.

[ii] ¡Adiós amigos!

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José Luis Molinero

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