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21:18h. Domingo, 20 de Agosto de 2017

POR MUCHO QUE DESPLIEGUES TUS VELAS, SI NO HAY VIENTO EL BARCO NO SE MUEVE

¿Querer es poder?

Existe una frase motivadora, “querer es poder”, que tiene mucho de inexacta y peligrosa. 

¿Cómo es posible que aún queriendo no podamos? ¿tan poco valemos que ni esta máxima sirve en nuestro caso?

Existe una frase motivadora, “querer es poder”, que tiene mucho de inexacta y peligrosa. Inexacta porque, seamos realistas, no siempre que se quiere se puede, son muchos los factores que intervienen en el éxito a parte de la propia voluntad. Peligrosa porque menoscaba nuestro ánimo si no conseguimos aquello que ansiamos; ¿cómo es posible que aún queriendo no podamos? ¿tan poco valemos que ni esta máxima sirve en nuestro caso?

Desde hace ya tiempo se viene implantando la “obligación” de superar nuestros límites, buscar nuestro Nirvana existencial. El exceso de pensar en positivo como modo de afrontar las adversidades de la vida, la cultura del “optimismo”. La obligación de ser feliz mediante la evasión ante los aspectos negativos de nuestro día a día. ¿Os suena? El célebre “don´t worry, be happy”. La filosofía de la “euforia perpetua”, ocultar los estados de ánimo considerados poco productivos, esconder las derrotas, y lanzar mensajes masivos del tipo: puedes, haz, derriba tus límites, etc. Sin tener en cuenta los peligros a los que quedamos expuestos con esa venda de positivismo en los ojos.

 Por mucho que despliegues tus velas, si no hay viento el barco no se mueve.

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Hay que redescubrir el valor de lo negativo, de que no es posible vivir sin pagar un precio por las decisiones tomadas, y enfrentarse a las consecuencias no esperadas, sí, aquellas de las que no nos dice nada la retórica del éxito y felicidad por la propia voluntad. Al fin y al cabo, ser conscientes del fracaso y aprender de él.

O, como promulga el estoicismo: “La virtud de la existencia no puede alcanzarse si se ignora la adversidad de la propia vida.”

En el campo del deporte, ejercicio físico, fitness, llámese como quiera, ha hecho mella, especialmente, este positivismo desbocado, con terribles consecuencias, presentes y venideras. La obsesión por el citius, altius, fortius (más rápido, más alto, más fuerte), creada y retroalimentada por la cultura del exceso positivista, cumple con la norma del “querer es poder”, y la ocultación de la parte negativa, los límites. Se pretende que la no observancia de las limitaciones propias, bajo el mensaje “los límites están para romperlos”, nos haga conseguir éxito y felicidad, batir marcas, una tras otra, sin límite. Por ejemplo, así vemos a legiones de neo runners, nuevos corredores en edades ya avanzadas, lanzarse a devorar kilómetros, o crossfiters, que nunca antes habían visto ni de lejos una barra olímpica, realizar series interminables, etc. Todos al son de frases motivacionales, abocados a la obligación positivista, a la felicidad y al éxito, cueste lo que cueste.

Pero, ¿están los tan denostados límites hechos para ser rotos? ¿O son una necesaria herramienta para nuestra integridad física, emocional y desarrollo personal?

 

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Observemos a nuestro alrededor y obtendremos la respuesta; comportamientos obsesivos en la ejecución de la actividad física, correr/ejercitarse mañana y tarde, todos los días, fijación por la consecución de nuevas marcas personales, batir las de otros, supeditar la vida personal y profesional a nuestros “entrenamientos”, enojo por no conseguirlo, lesiones, sobrecargas, perdida de interés por cualquier otro aspecto de la vida, etc. Y todo ello en lo que se supone que no es  una actividad profesional, sino lúdica y destinada a mejorar nuestro estado físico y anímico.

Es lo que tiene el deber positivista de conseguir el éxito para ser feliz, que cuando llegas a esa felicidad, no es tal, ya que tienes la obligación de aspirar a mas, con lo que se convierte en una meta inalcanzable, y en un camino plagado de decepciones.

Puede ser que no siempre que quieras, puedas. Pero si realmente quieres, nunca dejes de intentarlo, independientemente del resultado. No te frustres por no llegar a la meta esperada, y enorgullécete del camino tomado, y de tus errores. No escondas el fracaso, la decepción, la tristeza, etc. Y es que hemos supeditado la concepción de “éxito” y “felicidad” a la consecución de un fin, cuando el éxito ya radica en la propia voluntad, si esta es real, y la felicidad en la realización del esfuerzo al que nos conduce.

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Juando Galiana López

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