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20:30h. Martes, 21 de Mayo de 2019

LA MUJER GOZA DE MEJORES CONDICIONES DE VIDA

Ser mujer en Quebec

Cuando emigré a Montreal (Quebec) hace algunos años  (todavía no se había producido la enorme emigración de nuestra juventud generada por la crisis del 2007), me chocó confrontar la enorme diferencia que había entre las mujeres y hombres de allá y los de aquí.  

En Canadá se habían alcanzado unas cotas de libertad e igualdad entre hombres y mujeres que a mí (española educada en las postrimerías del franquismo) me parecían estratosféricas.

Sin embargo, no muchos años antes, en Quebec, la iglesia había impuesto su credo con mano de hierro y más dureza todavía que en España.  Había que tener tantos hijos como Dios quería.  Había que dar continuidad a la cultura católica frente al avance de la cultura protestante. Y el tener tantos hijos era el medio de conservar la cultura católica francesa.  No olvidemos que Canadá había sido una colonia francesa hasta que los ingleses vencieron a los franceses y se impusieron en el país.  Esa enorme cantidad de nacimientos era pues su particular modo de luchar capitaneada por la iglesia católica.  

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Los curas visitaban a las familias y ejercían con celo su labor, de tal modo que aquellos que no cumplían con el cometido sagrado de procrear cada año a un hijo eran severamente reprendidos cuando no excomulgados.  El poder de la iglesia en esa época era enorme, aún hoy asombran los imponentes edificios de las iglesias, los presbiterios,  y los colegios y conventos de religiosos y religiosas. Las familias eran muy numerosas. Eran normales las familias de quince hijos y yo he conocido a muchas que sobrepasaban la veintena, incluso a una con veintisiete hijos.  

 

Evidentemente las madres no sobrevivían mucho tiempo a tantas gestaciones y partos y, por desgracia, fallecían exhaustas siendo bastante jóvenes y dejando al cuidado de sus hijas mayores su numerosa prole.  Los maridos al quedar viudos solían volverse a casar y reiniciaban el proceso de nuevos hijos.

Así sucedió hasta principios de los años sesenta cuando se produjo una revolución silenciosa que lo cambió todo y terminó con el poder de la iglesia en un tiempo muy breve.  Los jóvenes, libres del yugo religioso, decidieron no tener hijos o si acaso uno o dos como mucho.  La libertad de costumbres que siguió a esa revolución silenciosa implicó vivir sin casarse y, por supuesto, disponer de sus cuerpos con entera libertad.

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De modo que, cuando llegué a Quebec, me encontré con un modo de vida y una libertad que desconocía. Las mujeres trabajaban todas fuera de casa y los hombres habían asumido con total mansedumbre el peso de las tareas domésticas y el cuidado de los hijos si los había. 

Canadá destaca por ser uno de los países donde la mujer goza de mejores condiciones de vida, lo cual no significa que no haya violencia de género. Si miramos las estadísticas, también la hay, pero concentrada fundamentalmente en las comunidades indígenas donde el desempleo, la discriminación y la pobreza son su caldo de cultivo.

Cristina Martínez Martín

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