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20:56h. Sábado, 21 de Julio de 2018

#METOO

LAS MIL CARAS DE LOS ABUSOS CONTRA LA MUJER

La historia que relataré a continuación es real. Una historia que, según yo, habría que incluir en la larga lista de «violencias machistas» que suceden a diario. Soy consciente de que no todo el mundo estará de acuerdo conmigo. 

Sin embargo, me veo obligada a hacer hincapié en que, para ejercer la violencia contra alguien, no es preciso llegar a las manos. Si una persona comete un acto que tiene como consecuencia que otra se sienta violentada, es violencia. Y si ese acto, además, es cometido por un hombre cishetero —dícese de aquel cuya identidad de género es la masculina y cuya tendencia es heterosexual; vamos, el macho ibérico de toda la vida, para entendernos— contra una mujer, por el simple hecho de serlo, es violencia machista.

Tengo 51 años y, aunque tímida y reservada, no soy ninguna mojigata. No me sorprendo ni escandalizo con facilidad. Me considero una mujer liberada, independiente, de ideas abiertas.

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Los hechos son los siguientes:

Todas las noches, a la misma hora, cojo un autocar que me lleva de vuelta a casa, después de la larga jornada laboral. Es uno de esos que te trasladan de la ciudad a los pueblos colindantes y viceversa. Son autobuses que no circulan con la misma frecuencia que los urbanos y conviene no perder, porque si se te escapa uno, el siguiente puede tardar casi una hora en aparecer. En la parada, soportando un frío que pela, solemos ser cada día los mismos —los mismos pringaos, añadiría, para ser justos—. No acostumbro a entablar conversación con los demás, más allá de los consabidos “Buenas noches”, “Parece que hoy se retrasa”, “Qué fresquito está haciendo” o “Hasta mañana”, inevitables, diría que incluso deseables, porque si no seríamos como robots programados, desvinculados de nuestro entorno humano y social, de nuestra capacidad innata para interactuar. En fin, debo confesar que una servidora puede resultar bastante antisocial, a veces. Antipática para algunos, borde para otros. Rarita a ojos de la mayoría. Pero la verdad, única y absoluta es que, a esas alturas de la jornada, mi agotamiento físico y mental no dan para más. En cuanto subo al vehículo, busco un asiento lo más alejado posible del resto de la humanidad, y me pongo a leer, a mirar el móvil, a pensar en las musarañas o a echar una cabezadita durante el trayecto, que dura unos sesenta minutos. Hasta aquí todo normal.

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Hace algunas semanas, empecé a notar que una de las personas que cogen conmigo ese mismo autobús, en esa parada concreta, a esa hora determinada, se fijaba en mí más que los demás. Se trataba de un señor de sesenta y tantos.  Intentaba darme conversación durante la espera; me miraba; me sonreía; me cedía el paso, con añeja caballerosidad, durante el ascenso al vehículo. Debo reconocer que, lejos de sentirme halagada, a mí me fastidiaba bastante ese exceso de atención. No me apetecía charlar, ni con él, ni con nadie, o sea que hacía lo posible para esquivarle, fingiendo estar concentradísima en la lectura, o dormir profundamente. Aun así, él cada vez se me acercaba más. «No seas tan repelente, mujer», me decía a mí misma. «¿No ves que solo intenta ser amable? ¿Qué hay de malo en ello? ¡No te va a morder!» A esas horas viajan tan pocas personas en ese autobús que todo el mundo ocupa dos asientos. La gente se dispersa, quedando numerosos huecos libres entre ocupante y ocupante. Pues bien, este señor empezó a sentarse prácticamente a mi lado, en el par de asientos contiguos a los dos ocupados por mí. Me sentía atosigada, esa es la verdad. Porque al no conocerle de nada, no entendía a qué venía tanta proximidad. Solo se me ocurrió, ingenua de mí, que tenía un pretendiente, y decidí tomármelo con sentido del humor y no darle más vueltas. Él cada vez se mostraba más halagüeño en sus acercamientos, que a mí se me antojaban casi íntimos, teniendo en cuenta que le respondía siempre con monosílabos: «Qué tal, ¿cómo te va?», «Bueno, guapa, hasta otro ratito». Con lo grande que es el autobús, que es enorme, me resultaba un fastidio que este hombre se sentara tan pegadito a mí. Me incomodaba, sí, me incomodaba. Sin embargo, ¿qué podía hacer? Me entraban ganas de levantarme y cambiarme de sitio, pero no me atrevía. Me educaron en la idea de que si una se siente incómoda o extraña, en alguna situación, lo único que puede hacer es callar y aguantarse. O sea que me resigné. Mi intuición trataba de advertirme de algo, pero no le hice caso. No reaccioné. No hice nada, o, mejor dicho: Hice lo que siempre se ha esperado de mí que haga en situaciones semejantes: NADA.

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Noche tras noche, a medida que me acercaba a la parada del autobús, pensaba: «¡Ay, por favor, que no esté, que no esté, que no esté…! Ahí está. ¡Jo!, qué pesado por dios, qué agobio». La misma secuencia se repetía velada tras velada, como el Día de la Marmota. Él acercándose cada vez más; y yo esquivándole en la medida de lo posible, pero con reproche auto infligido. Maldiciéndome por ser tan huraña, ermitaña y taciturna.

El sesentón, que se apeaba, sí o sí, en la parada anterior a la mía, me dijo un día, justo antes de bajarse: «Bueno, guapa, espero haberte alegrado la vista». A lo que yo sonreí, sin comprender. Eso es algo que también aprendí hace tanto tiempo que ni me acuerdo. Si no entiendo lo que alguien hace o dice, en lugar de pedirle una aclaración, sonrío. Sonrío, sin más. Como una boba, sin saber si ese hecho al que dedico mi sonrisa es bueno o malo, positivo o negativo, conveniente o contraproducente. Ni idea de lo que quiso decir. Pasaron los días y a mí cada vez me resultaba más molesta su presencia. Mi intuición me advertía. Yo ignoraba a mi intuición.

Hasta que otra noche, nada más subir al autobús, cuando ambos estábamos instalados ya en nuestros respectivos asientos, en esa cercanía no deseada por mí, aunque tolerada, de nuevo se me aproximó más de lo que a mí me hubiese gustado y murmuró: «Creo que no me entendiste el otro día». «Pues la verdad es que no», respondí, enseguida. Y él, tan tranquilo, tan orgulloso de sí mismo y de su hazaña, señaló su entrepierna y añadió: «Me refería a mis partes blandas». No miré. No hizo falta. Lo comprendí todo de repente. Paralizada me quedé. Petrificada. En situaciones incómodas suele ocurrirme que no sé cómo reaccionar. No sé cómo gestionarlas, vamos a decirlo así. Me bloqueo. Mi intuición no se había equivocado. Mis forzados intentos de ser amable, sin apenas conseguirlo, tenían una dificultad justificada. Ni en cien años hubiese podido sospechar lo que este señor se traía entre manos, nunca mejor dicho. No tengo esa malicia, esa picardía, esa astucia que a algunas personas les sirve para ver venir este tipo de cosas. Me quedé con la mirada clavada en la ventanilla, es decir, en dirección contraria hacia donde este señor exhibía y se manoseaba sus partes blandas mirándome, algo que al parecer llevaba haciendo varias semanas sin que yo tuviese ni idea. Él suponía que me alegraba la vista con este gesto, vamos, él creía que yo, tal vez a través del reflejo del cristal, o no entiendo cómo, le veía y me deleitaba con semejante espectáculo. «¡¡¡¡¿Pero qué les pasa a los hombres?!!!!» Fue lo primero que pensé. Sé que no se debe generalizar. Lo sé. Por eso espero que los hombres sanos y normales que estén leyendo este artículo me disculpen.

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¿Queréis saber cómo me sentí? Las sensaciones que experimenté fueron varias. Mi primera percepción fue de INCREDULIDAD hacia los hechos propios y hacia mí misma («¿Estás segura de que ha querido decir eso? Puede que no lo hayas interpretado bien»); la segunda fue quedarme PARALIZADA (Cientos de pensamientos bullían en mi interior en plan ¿«Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago?»); la tercera fue de CULPABILIDAD («¿Qué habré dicho o hecho para que se crea con derecho a esto? Es evidente que ha malinterpretado mis señales»); en cuarto lugar pensé en buscar PROTECCIÓN («Se lo explicaré a ese otro chico que cada día coge el bus, y le preguntaré si le importa que me siente a su lado»); en quinto lugar también pensé en la posibilidad de coger el autobús anterior o el posterior, o cambiar mi itinerario, es decir MIS HÁBITOS; en sexto lugar… ¡¡¡BASTA!!! ¿Por qué me siento culpable? ¿Por qué creo que algo que he dicho o hecho ha provocado esto? ¿Por qué debería yo cambiar mis costumbres? ¿Qué he hecho yo? NADA. Absolutamente nada. Es él el que se ha metido en mi espacio, en mi burbuja, con su repulsiva presencia. ¿Por qué piensa que contemplar su ridículo pene puede alegrarme la vista? ¿A cuántas mujeres les habrá hecho esto mismo o algo peor? ¿Cuántos hombres habrá por ahí cometiendo actos similares?

Después de un largo fin de semana meditando qué iba a decirle en la jeta, cuando me lo volviese a cruzar, de lo único que fui capaz, en cuanto le vi llegar, fue de girar la cara, ignorarle, no responder a su saludo y sentarme en el primer asiento libre que encontré, justo detrás del conductor, y al lado de una señora. El corazón me latía apresurado, fui incapaz de decirle lo que se merecía. Se dio por aludido, eso sí. Pero yo me quedé con un regusto amargo en el paladar, sintiéndome CULPABLE, una vez más, por no haber sabido defenderme.

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Lo expongo aquí porque la palabra escrita es la mejor arma que conozco, y la única que sé usar. Espero y deseo que cada cual saque sus propias y provechosas conclusiones.

Y os recuerdo que:

«Todas las personas tenemos derecho a la IGUALDAD y a la DIVERSIDAD; a mostrarnos libremente COMO SOMOS y a no ser discriminadas ni agredidas por nuestra SINGULARIDAD: ser hombre, ser mujer, ser trans, tener determinada edad, opción o comportamiento sexual, origen étnico, religión, etc.»

FELIZ DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER, hoy y todos los días…

La revista no se hace responsable de la opinión de sus autores.

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Mar Montilla

Escritora y Psicóloga       

http://uncuardernoenlaescalera.blogspot.com.es/