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03:22h. jueves, 01 de octubre de 2020

NOS QUEREMOS VIVAS

La maté porque era mía…

Cuando una noticia se repite pierde dramatismo. Nos estamos acostumbrando peligrosamente a escuchar que una mujer ha muerto a manos de su pareja.

Ya ni siquiera sale la noticia en la portada de la prensa. Con el problema del coronavirus apenas se menciona. ¿Qué más da una muerte más o menos? Sin embargo, es un hecho. Las llamadas de socorro al 016 se han multiplicado, pues en estos momentos las mujeres están encerradas en sus casas con sus maltratadores, y siguen muriendo… 

Da igual el lugar donde se produce el asesinato, está extendido por todas partes. El suceso rescata del apacible anonimato a localidades, que bien quisieran no tener que figurar a costa de esa crónica. A veces el agresor se suicida y otras veces lo intenta, pero se salva porque su propósito no era matarse sino parecerlo, y porque es más fácil clavar un cuchillo a alguien que clavárselo a uno mismo. Quedan niños huérfanos detrás que no podrán reponerse de semejante trauma ni con la ayuda de todos los psicólogos del mundo, y padres y hermanos, y familiares y amigos, con el horror impreso el resto de sus vidas en sus corazones.

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Antes, las mujeres no eran asesinadas; antes, muchas de ellas sufrían maltrato y aguantaban en silencio cualquier situación a la que su marido quisiera exponerlas. Antes los maridos no las mataban, no si querían deshacerse de ellas, las quemaban a pequeña mecha en el día a día hasta que ellas se morían de pena o de asco. Antes ninguna mujer se atrevía a enfrentarse a esa situación, porque ¿adónde iba a ir? Si ni siquiera sus padres se  atrevían a protegerlas…

 

¿Qué está pasando ahora? Pues que las mujeres hemos logrado una independencia económica que nos permite hacer frente a situaciones que nos hacen desgraciadas, y  en consecuencia, somos capaces de ponerles fin. En tanto los hombres, acostumbrados desde el albor de los tiempos a tener el mando, reaccionan con agresividad exacerbada matando a quienes se atreven a plantarles cara y a marcharse.

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Por supuesto, hay cada vez más hombres que aceptan que las mujeres no tienen por qué tener menos derechos que ellos y las respetan. Hay también cada vez más hombres sensibles, ¡bravo por ellos!, que comprenden la situación de discriminación y desigualdad de la mujer en la historia de la humanidad, y abogan al lado de ésta por una justicia equitativa, pero todavía quedan muchos, muchísimos, por desgracia, que piensan que la mujer les pertenece, como su perro, su coche, o sus zapatillas, y por lo tanto, pueden hacer con ellas lo que les dé la gana, incluso matarlas.

No las olvidemos...

 

Cristina Martínez Martín

La revista no se hace responsable de la opinión de sus autores.

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