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12:08h. Domingo, 22 de Octubre de 2017

CONTRA LA IMPOSICIÓN DE LA LECTURA

Hay un libro para ti

 Muchas veces he escuchado que la poesía es aburrida. 

La casa encendida
La casa encendida

He oído que tan solo son palabras colocadas una junta a la otra, muchas veces sin sentido. Creo que acercarse a la poesía es difícil, sí, y que es como una especie de “pacto” entre escritor y lector. A decir verdad, la literatura en general necesita de ese pacto, aunque en algunos géneros se muestre mucho más claro.

Ese “pacto literario” nos puede llegar en cualquier momento como por gracia divina. Por ejemplo, yo ya leía poesía cuando tenía trece o catorce años, cuando la mayoría de mis compañeros de clase la consideraban un tostón y extraña y, por consiguiente, también extraña a mí. Leía a los clásicos, sobre todo. Recuerdo que mi padre empezó a comprarme por ese entonces una colección que salía en el periódico con la mejor selección de poesía española. Contaba con una encuadernación maravillosa. Me encantaba contemplar cada uno de esos libros de tapas duras y de distintos colores (marrón, verde, azul, rojo…) en mi estantería, como si fueran un tesoro. Algunas tardes elegía uno de esos libros, me tumbaba en la cama y solía leer poemas en voz alta. Posiblemente, si algún chiquillo de mi edad me hubiera visto haciendo eso, todavía le habría parecido más extraña. Descubrí a nuevos poetas, no solo a Góngora, Quevedo o Bécquer (de los que ya sabía bastante por las clases de literatura), sino también a otros que, en los institutos, la mayoría de veces, se tratan de un modo terriblemente inadecuado. Quizá por ese motivo se pierde una valiosa oportunidad a la hora de educar en poesía. Y lo extiendo a la literatura en general, que es de lo que pretendo hablar en este artículo en realidad.

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De lo que yo quiero tratar aquí y ahora es de esos libros que son para ti, aunque se crea que no, y de la no imposición de la lectura. Por ejemplo, yo siempre he sido una lectora empedernida (y no sé de dónde me viene porque nunca he tenido a alguien cerca que leyera), pero a algunas personas les cuesta ponerse a leer y otros piensan que no es para ellos. Hay padres que insisten a sus hijos para que lean, profesores que obligan a sus alumnos a leer… Y eso es un error. Como dijo Borges, “la lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”. Todos queremos serlo, por supuesto, pero no todos sabemos, o no hemos encontrado el momento. Creo que ocurre lo mismo con los libros. También señaló Cervantes que “en algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”. Me pasó eso con un poemario que cambió mi vida. La casa encendida, de Luis Rosales, poeta desconocido para la gran mayoría. Amigo de Lorca, creó un libro en el que habla de todos esos temas existenciales (el amor, el dolor -este, en especial, de forma sublime-, la infancia, la madre, la memoria…) y de manera tan mágica y realista al mismo tiempo que no puedo más que agradecer a la profesora de la universidad que lo recomendó. Hasta entonces yo había leído poesía, sí, pero no MI poesía. No el libro que era para mí. Y fue entonces cuando empecé a indagar más sobre poesía y descubrí un mundo maravilloso y mágico que normalmente se pierde cuando nos imponen algo.

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Yo, como profesora, soy reacia a ciertas cosillas en el sistema educativo. Quizá por eso nunca me atreví a hacer oposiciones (y porque descubrí el genial mundo de la enseñanza de español a extranjeros), porque no me veía encorsetada en unas programaciones didácticas. Lo bueno es que en las escuelas también está cambiando la forma de entender y trabajar la literatura en las aulas. No es que yo sea nadie para aconsejar, pero una vez en mis prácticas en un instituto de secundaria, le pregunté a un chaval si le gustaba leer y me respondió que no. Parecía triste, así que le insistí con que seguro que había algo que le interesaba y confesó, con la boquita pequeña, que le gustaban las revistas de deporte y las biografías de futbolistas, pero que su profesor le había regañado asegurándole que eso no era leer. Le contesté muy seria que no hiciera caso, que sí lo era, y que continuara leyendo lo que a él le interesaba si disfrutaba con ello. Se le iluminó la cara, lo juro. Nunca olvidaré el darme cuenta de que se sintió tan lector como los compañeros que sí leían las lecturas obligatorias del profesor. Y yo me sentí bien, como cuando era niña y recitaba en voz alta poesía, aunque a mi alrededor a la gente le pareciera ridículo.

Y todo esto lo dice una a la que siempre le fascinaron los clásicos, pero una que también lee de todo, que lo hizo desde bien pequeña y que sabe que Borges llevaba razón.

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Lee aquello que te haga feliz sin tener en cuenta lo que digan los demás. Hay un libro para cada lector. Le espera. Están destinados a nosotros.

Nunca obligues a tu hijo a leer. Espera a que él se sienta atraído por alguno. Incluso aquellos que normalmente no suelen leer, en algún momento de su vida se reconocen en algunas páginas. Y, entonces, llegará la magia. Un libro -tan solo uno- puede conseguir mucho.

 

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Elena Montagud

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