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23:49h. Jueves, 14 de Diciembre de 2017

LA LIBERTAD DE AMAR EN LIBERTAD

Julieta y Julieta

Invito a todos a una interpretación más abierta del amor, del sexo, de las creencias, y de la vida en general.

La primera vez que Jimena vio a Shaza en persona quedó prendada de su belleza, mezcla de inocencia y exotismo, tal y como le sucediera a Aladdín con la princesa Jasmine, hija del Sultán. Y es que esta historia, la de Shaza y Jimena, bien podría encajar como cuento en una versión moderna de Las mil y una noches, o de la trágica Romeo y Julieta —perdón, quería decir Julieta y Julieta— con final feliz.
Jimena, una joven malagueña que residía en Londres, fue enviada por sus jefes a Dubái, a un local de lujo en el que su misión consistiría en lucirse con los sofisticados cócteles que sólo ella sabía preparar, como ya hiciera con sus clientes londinenses. De vuelta al Reino Unido, al entrar en una de las múltiples aplicaciones que existen hoy en día para conocer gente, aparecieron por defecto los perfiles de chicas de su anterior destino, Dubái, y entre ellas Shaza. Le llamó la atención desde el primer instante, y no dudó en pedirle conversación, petición que fue correspondida, iniciándose así su relación.

 

No tardó la muchacha en instar a su amiga a visitarla. Y a Jimena le faltó tiempo para aceptar la invitación. La familia de Shaza, de origen egipcio y posición acomodada, recibió a la malagueña con esa exquisita hospitalidad que tanto caracteriza a los musulmanes. A la madre enseguida le cayó bien Jimena. Al padre, no tanto. Detectaba algo en ella que no acababa de gustarle, pero no lograba adivinar qué. Las muchachas eran inseparables, saltaba a la vista que se habían hecho “grandes amigas”. Desayunaban juntas, paseaban juntas y dormían juntas.

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Los viajes de Jimena de Londres a Dubái se repetían cada vez con más frecuencia.  Hasta que, durante una de sus estancias en aquel país, sucedió algo inesperado: los padres de Shaza anunciaron, con gran entusiasmo, que ya habían elegido un marido para ella. La noticia cayó como un jarro de agua fría sobre las chicas, que trataron de disimular como pudieron, y empezaron a urdir un plan para escaparse. La excusa perfecta fue un máster que Shaza quería hacer en Londres. El padre aceptó. Una vez liberada del yugo paterno, la egipcia, arropada en la distancia, se atrevió a confesar a sus progenitores que estaba enamorada de Jimena, que no existía tal máster y que no pensaba volver a Dubái, y mucho menos para casarse con un hombre. El impacto fue brutal. Era lo último que se le hubiese pasado por la cabeza a esta conservadora y tradicional familia. Hubieran podido esperar que se negara al matrimonio porque no le gustase el pretendiente en cuestión, porque no quisiera casarse aún, porque prefiriese continuar con sus estudios, y un largo etcétera. ¿Pero por estar enamorada de una mujer? Eso era absurdo, inaceptable e inconcebible. Algo que no encajaba en su imaginario ni con calzador.
 

A día de hoy, la homosexualidad es considerada delito en la mayoría de los países musulmanes. Los castigos pueden ser de cárcel, castración hormonal e incluso pena capital. En el mismo Dubái la policía organizó una redada en el año 2005 y arrestó a más de diez hombres que participaban en una fiesta privada, al parecer una boda gay. Sin embargo, ¿en qué se fundamentan estas leyes tan acérrimas?
 
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Una lectura laica —incluso atea— de este asunto, nos conduce a una conclusión fácil y rápida: Las creencias religiosas son las culpables de tanto desatino. Todas las religiones repudian la homosexualidad: El budismo, el hinduismo, el cristianismo, el islam... Los líderes religiosos que arremeten contra ella —Papas, obispos, el Dalai Lama, los imanes en las mezquitas…— basan sus argumentos en supuestos pasajes bíblicos y citas coránicas, o apelan al riesgo de perder el tradicional concepto de familia como tal.
No obstante, como a mí las conclusiones fáciles no me satisfacen y prefiero “rizar el rizo”, voy a intentar analizar —brevemente— la cuestión que nos ocupa desde una mirada creyente. Y es que yo estoy convencida de que la homosexualidad no es incompatible con las creencias religiosas, cada uno nace como nace, no elige su orientación ni condición sexual antes de venir a este mundo. Eso sería tan absurdo como pensar que alguien decidió tener los ojos azules porque le gustaban más que los marrones. Admitir la posible existencia de un dios implica aceptar que algo superior y divino guía nuestras vidas. Por lo tanto, ¿por qué deberían estar excluidos los homosexuales? ¿No dijo el propio Jesús «Un nuevo mandamiento os doy: Que os améis unos a otros como yo os he amado»? Y no especificó identidades de género. Incluso el Papa Francisco ha afirmado en alguna ocasión que Jesús no abandonaría nunca a un transexual ni a un homosexual.

 

Pero volvamos al islam. Parece que hablar de mundo musulmán y colectivo LGTBI es como pretender mezclar agua y aceite. Pero, ¿siempre ha sido así?

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Transcribiré un texto que podría sacarnos de dudas:
«Me parece ¡oh jeque!, que eres de los que prefieren los jovenzuelos a las mujeres». Mi amigo sonrió, y dijo: «¡Así es!» Ella preguntó: «¿Y por qué? ¡oh jeque!» [...] «Me concederás, ¡oh mi señora! que nada en la mujer puede compararse a las perfecciones de un joven hermoso, a su talle flexible, a la finura de sus miembros, al conjunto de colores tiernos que hay en sus mejillas, a la gentileza de su sonrisa y al encanto de su voz».
En efecto, se trata de un fragmento de Las mil y una noches, esa obra tan reconocida y popular. De hecho, la temática homoerótica está muy presente en la literatura árabe clásica. El poeta Abu Nuwas, por ejemplo, hace continuas referencias al amor entre dos hombres, en sus poemas.
La persecución que sufren los homosexuales en países musulmanes es bastante reciente. En Marruecos, sin ir más lejos, no se empezó a considerar delito hasta el año 1972. Antes de eso, los homosexuales escapaban de la puritana y encorsetada Europa para disfrutar de su propio paraíso terrenal en tierras marroquíes.

 

¿Qué pasó con Shaza y Jimena cuando la familia descubrió el pastel? El padre se negó a aceptar la realidad y, por supuesto, le echó la culpa de todo a la malagueña, esa pervertida que a él le dio “mala espina” desde el principio, y que estaba corrompiendo a su inocente niña. Transcurrido un tiempo prudencial, él también tejió su propio plan y le comunicó a su hija que la madre estaba gravemente enferma. Eso hizo reaccionar a la joven que, siempre acompañada por su inseparable Jimena, viajó a Dubái en cuanto supo la noticia. Era una trampa. La señora, a pesar del disgusto, gozaba de buena salud. Lo único que el matrimonio pretendía era recuperar a su oveja descarriada. A Shaza se le confiscó el pasaporte y se le recluyó en su habitación; a Jimena se le ofreció dinero para que desapareciera, dinero que ella aceptó para poder comprar los billetes de la  huida. Shaza se las ingenió para escapar de la vigilancia paterna y reunirse con su novia. Ahí empezó su periplo de Dubái a España, pasando por Georgia y Turquía. No fue fácil, ya que las jóvenes habían sido denunciadas por el padre de Shaza ante las autoridades y estaban siendo buscadas. En Turquía fueron detenidas en dos ocasiones, y en una de ellas incluso trasladadas a un centro de deportación en el que las retuvieron durante tres largos días. En fin, de película. Una historia con todos los ingredientes propios de las historias de amor imposible. Ahora están sanas y salvas en España, gozan de buena salud, a Shaza se le ha concedido un permiso temporal y ya ha solicitado el asilo político por cuestiones ideológicas.
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Nadie sabe si este amor será eterno o tiene los días contados. El caso es que, en cuestión de semanas, Shaza y Jimena han recorrido todas las cadenas, han concedido exclusivas y se han convertido en el fenómeno mediático de moda llegando incluso a aparecer en la portada de Interviú. Hasta yo he caído rendida a sus pies. Sin embargo, lo que a mí me atrajo de este relato fue la convicción de que puede ayudar a abrir mentes. Me hizo reflexionar, indagar, hacerme preguntas acerca de por qué la homosexualidad se sigue considerando un delito en tantos lugares. Y he encontrado tanta información y tantas respuestas que, una vez más, me he sentido desbordada.
No podría dar por finalizado este artículo sin mencionar a la escritora, periodista y activista canadiense, lesbiana y musulmana, Irshad Manji, autora del libro Mis dilemas con el islam: Una mujer a favor de la tolerancia y la honestidad. En su obra, Manji defiende que ser feminista y defensora de los derechos de los homosexuales no es incompatible con el islam. No acepta que nadie le imponga una determinada forma de sentir, pensar o vestir, e invita a los musulmanes a una lectura e interpretación más abierta del Corán.
Por mi parte, yo invito a todos a una lectura e interpretación más abierta del amor, del sexo, de las creencias o ausencia de ellas, y de la vida en general.

La revista no se hace responsable de la opinión de sus autores.

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Mar Montilla

Escritora y Psicóloga       

http://uncuardernoenlaescalera.blogspot.com.es/