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23:14h. Sábado, 16 de Diciembre de 2017

MUJERES, HOMBRES, Y OTROS SEXOS

Cuestión de identidades

Una frase que repite a menudo mi hijo, con la furia de sus recién cumplidos veinte años, es que «vivimos bajo los dictados que nos marca esta maldita sociedad heteropatriarcal». 

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Los que sean de mi quinta, año arriba, año abajo, seguro que estarán abriendo unos ojos como platos y preguntándose: «¿heteroqué…?». Y es que ese concepto a mí tampoco se me hubiese pasado jamás por la cabeza si él no lo mencionara con la frecuencia que lo hace. Sin embargo, el ímpetu y el convencimiento que les pone al asunto me han obligado a reflexionar e investigar acerca de su significado, porque al parecer forma parte del discurso habitual de nuestros jóvenes.

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No estaría de más incluir, en nuestros planes de educación actuales, tanto en casa como en los centros de enseñanza, algunas explicaciones acerca de la diferencia que hay entre la identidad de género y la orientación sexual, por ejemplo. La identidad de género es una vivencia subjetiva, relacionada con nuestro cuerpo y nuestro cerebro, mientras que la orientación sexual hace referencia a las personas por las que nos sentimos atraídas.

Empecemos por admitir que es un tema complejo y no debe limitarse a la creencia absoluta y tajante de que la humanidad está formada por hombres y mujeres —ya que eso, precisamente, es lo que nos impone esta sociedad heteropatriarcal—. Una cosa es el sexo biológico con el que vienes al mundo, hecho que provoca que se te etiquete como niño o niña nada más nacer. Y otra cosa muy distinta es la identidad de género con la que te identificas a medida que vas creciendo. De hecho, la propia naturaleza asigna a algunos seres humanos órganos sexuales masculinos y femeninos —intersexualidad—.

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Existen al menos cuatro identidades de género, que yo sepa, intentaré describirlas, aunque no me extrañaría que hubiera más. Cisgénero: cuando el sexo asignado se corresponde con la identidad de género; transgénero: la identidad de género no se identifica al cien por cien con el sexo asignado, sin embargo la persona acepta su cuerpo tal y como es; transexual: el sexo asignado y la identidad de género son opuestos, la persona no se siente cómoda con su cuerpo y desea transformarlo para que concuerde con su identidad de género; tercer género: ni masculino ni femenino. Existen multitud de formas de tercer género en tribus indígenas. Para la cultura occidental es un término abstracto, difícil de comprender.

En cuanto a la orientación sexual, es un tema tan amplio que daría para otro artículo, pero procuraré mencionar y definir las más conocidas. Heterosexualidad: atracción sexual y emocional por el sexo opuesto, enmarcando el término «sexo opuesto» en la aceptación del género binario, es decir «masculino-femenino»; homosexualidad: atracción sexual y emocional por personas del mismo sexo; bisexualidad: atracción sexual y emocional por personas del mismo sexo y del sexo opuesto; pansexualidad: atracción sexual y emocional por alguien sea cual sea su orientación sexual e identidad de género; asexualidad: carencia de atracción sexual hacia ningún individuo, sea cual sea su orientación sexual o identidad de género.

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Lanzo una pregunta al aire: ¿por qué tenemos que marcar sí o sí la casilla de «VARÓN» o «MUJER» cada vez que rellenamos un documento? Me pregunto cuál es su utilidad. Y ya que estamos, arrojo otra cuestión: ¿por qué se ofenden tanto algunas personas cuando ven a un chico o señor entrar en el baño de señoras y viceversa? Yo soy mujer —cisgénero y heterosexual— y entro a menudo en el de hombres por una simple cuestión práctica, y es que en el de las féminas suele haber una cola kilométrica, mientras que en el otro no.

Tener la sabiduría de cuestionar el heteropatriarcado impuesto —empleando esos términos que mi hijo me ha enseñado—, es un signo inequívoco de inteligencia, visión crítica y capacidad de razonamiento. Seguimos sometidos al machismo —y racismo, aunque entremos en otro tema— de quienes ejercen una posición de poder, un poder que continúa ensalzando el predominio del hombre —varón heterosexual y además de raza blanca, véase como prueba el abominable Trump—. Y mientras siga siendo así difícilmente podremos erradicar lacras como la violencia de género, por ejemplo.

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En mi opinión, las cosas no son blancas o negras. Hay una infinidad de tonos grisáceos de distinta intensidad. Admitir que no lo sabemos todo, dejando a un lado esas afirmaciones rotundas que tanto nos limitan, es un primer gran paso para mantener la mente abierta a opciones que desconocíamos. La tolerancia, aceptación y respeto hacia aquellos que se nos antojan diferentes son imprescindibles y necesarios para que el ser humano evolucione. A no ser que queramos seguir siendo unos eternos trogloditas, como nuestro amigo Donald, ¿no os parece?   

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Mar Montilla

Escritora y Psicóloga       

http://uncuardernoenlaescalera.blogspot.com.es/