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02:04h. Jueves, 27 de febrero de 2020

CUANDO LAS MUJERES NO PODÍAMOS ASPIRAR A OTRA COSA

PUTAS O SANTAS

Poco más le quedaba de margen de maniobra a nuestras abuelas, bisabuelas y tatarabuelas, incluso a muchas de nuestras madres…  

Si se casaban y no sacaban en toda su vida los pies del plato, es decir, se dedicaban a sus familias y a sus labores sin otra perspectiva social o laboral que ser las de clase alta: mujeres florero, las de clase media: ayudantes sin paga ni reconocimiento del negocio de sus maridos, y las de clase baja siervas y esclavas, entonces engrosaban el gran grupo de las santas. 

Ni santas ni putas - Feminismo - Marcha de las putas

Cuando en el matrimonio tenían mala suerte sufrían en silencio, maltratos, subordinación, humillaciones y disgustos.  Los curas ejercían de psicólogos improvisados recomendándoles paciencia y resignación.   Su vida aquí abajo era un infierno, pero en cuanto muriesen irían derechitas al cielo.  Esas mujeres consideradas unas santas por sus hijos, esos muchachos privilegiados por el hecho de haber nacido hombres, resultaban intocables.  Ahora bien, esos mismos hijos si salían mujeriegos, algo que de por sí ni siquiera estaba mal visto, consideraban a sus conquistas putas. 

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Las que no se conformaban con pasar por ese aro, recibían de todas formas ese apelativo.  Ni siquiera necesitaban ejercer de putas para ser consideradas como tales.  Con ser rebeldes en lugar de sumisas ya lo adquirían.   El problema en muchos casos es que eran las propias mujeres quienes se encargaban de domeñar a las rebeldes, y de perpetuar esa injusta situación en colaboración con el hombre. 

El poco resquicio que les dejaba esa disyuntiva social entre putas y santas a las mujeres era el ejercido por las monjas y las solteras. Pero mientras las solteras, solteronas, adquirían la pátina negativa de mujeres a las que ningún hombre ha querido para sí y, por lo tanto, valen bien poco, los solteros adquirían el prestigio contrario pues eran suertudos a los que ninguna pájara había logrado dar caza.  Incluso había un refrán que lo refrendaba: “solterón, cuarentón, que suerte tienes ladrón.

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Cuando contemplo al ejecutivo del gobierno actual lleno de mujeres, me digo que en solo una generación el cambio ha sido crucial y trascendente.  La lucha por la igualdad nos ha dejado a muchas de nosotras descalabradas de por vida, pero ha valido la pena.  Y no puedo menos que congratularme y desear que aquellas solteronas, putas y santas de antaño pudiesen echar una ojeada a lo que ahora han conseguido sus nietas. 

Cristina Martínez Martín

La revista no se hace responsable de la opinión de sus autores.

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