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07:59h. Domingo, 22 de Octubre de 2017

MOMENTOS ESTELARES DE LA HUMANIDAD III

Calaveras para la sed espantar, las de Isabel de Carvajal

Uno de los personajes predilectos de este juntaletras.

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Ni más ni menos que Isabel de Carvajal, uno de los protagonistas de mi primera novela, La conspiración de Yuste’. ¿Existió? Unos dicen que sí -en Garganta la Olla, pueblo de la comarca cacereña de La Vera, se encuentra la que sería su casa. Un cartel al pie de la misma avisa al visitante- y otros que, más bien, se trataría de una leyenda, una invención sin más.

—Y entonces, ¿qué vas a contar?

—Tú sigue leyendo. No seas impaciente.

Sea lo que sea, vamos con el personaje, que tiene su enjundia. Porque Isabel de Carvajal, a tenor de las referencias literarias que de ella se tiene -Vélez de Guevara y Lope de Vega fueron los primeros en referirse a tan singular mujer. El segundo, a finales del XVI y el primero, a comienzos del XVII-, era guapa hasta decir basta. Si tomamos la descripción que nos legó otro autor que escribió sobre ella, Gabriel Azedo de la Berrueza, allá por el siglo XVII, Isabel era “blanca, rubia, ojimorena. Trae el cabello trenzado -debajo de la montera y, porque no le estorbara- muy corta la faldamenta”. Otros autores añadieron a esta descripción que el pelo lo tenía tan largo que le llegaba casi hasta los pies. Pues eso, guapa y exótica para la época. Que llamaba la atención, vamos.

La Serrana de la Vera [640x480]   

—Vale, era guapa. ¿Y?

    —Que sigas leyendo…

    Además de guapa, Isabel era de todo menos una niña común. A pesar de su origen familiar acomodado, le encantaba echarse al monte para cazar y era un prodigio manejando la ballesta o la honda, entre otras armas. Así que a la belleza unía una forma física envidiable y un encanto que encandilaba a cualquiera. Sobre todo, a una persona en particular: a un joven que era, para más señas, sobrino del obispo de Plasencia. Y con el tiempo tomaron la decisión de casarse. Isabel, pura felicidad, ya se veía al lado del hombre que amaba por los siglos de los siglos, descontando los días que faltaban para la boda. Y entonces, aquél decidió dejarla compuesta y sin novio.

    —¡Hala!

    —Espera a las razones, ya verás…

    ¿Que por qué se fue la boda al garete? Interpretaciones hay para todos los gustos. Una de ellas asegura que el sobrino del obispo estuvo dudando si seguir o no los pasos de su reverendísimo tío, de ahí que anduviera de amoríos con Isabel. Así que, cuando sopesó los pros y los contras de la situación —una carrera eclesiástica a la sombra de su pariente, prebendas y demás, y por otro, un matrimonio con una joven acomodada. Punto-, pegó la espantada y dejó a Isabel en la estacada. Y aquello no era como ahora que, a rey muerto, rey puesto si así se desea, no. Siglo XVI. La deshonra para la familia, lo peor de lo peor. Escarnio, burla, vergüenza y todo eso.

    —¿Y qué hizo entonces esa pobre chica?

    —La paciencia y tú sois incompatibles, ¿eh?

    Una deshonra eterna para la familia, señalada por todos. «Mira, por ahí va la que dejaron al pie del altar» y esas cosas, en una villa donde todos los habitantes se conocían. Un infierno. Así que Isabel decidió abandonar Garganta la Olla, echarse al monte y que la suerte hiciera con ella lo que quisiera. Y eso eran palabras mayores, porque los parajes de la Sierra de Tormantos, al pie de la que se levanta Garganta, era de todo menos un paraíso: manadas de lobos, bosques en los que a duras penas penetraba la luz…

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    —Que había que tenerlos para meterse en ese berenjenal…

    —¿Es que no te acuerdas de lo que lees ¿o qué?

    —¡Ah, leche, que iba a cazar al monte…!

    —Ay…

    Pues eso, que Isabel hizo de aquellos montes su reino. Una cueva se convirtió en su morada y la Sierra de Tormantos en su territorio. Y allí dio rienda suelta a su venganza contra todo hombre que se cruzara en su camino. Pastores, sobre todo, habituados a pasar por aquellos andurriales. Pastor que cogía, pastor que llevaba hasta su cueva con los oídos convenientemente endulzados de todo lo que le esperaba a tan, en ese momento, afortunado tipo. Que las oportunidades no se le presentaban a uno tan fácilmente como ahora. Pues eso, una buena cena -a Isabel le sobraba la carne. Para eso la cazaba- y, después, las puertas del paraíso abiertas de par en par. Salvo que, tras tan bravío casquete, al infeliz le esperaba la muerte.

    ¿Que cómo se sabe esto? ¿Quién fue capaz de relatar lo que en la cueva de Isabel ocurría para que, después, el mito -o la realidad. A saber- cogieran vuelo? Un pastor que consiguió zafarse de sus artimañas. Y lo que contó fue tal cual: que Isabel le prometió una buena cena y sexo a raudales en su cueva. Pero lo que encontró allí el pastor ponía los pelos como escarpias: el suelo alfombrado de huesos humanos, el agua servida en una calavera… El siguiente en la lista de no ser porque, una vez finalizado el coito y tras quedarse dormida Isabel, el pastor salió por patas del lugar con el susto en el cuerpo.

    —¿Y no fue tras él?

    —Parece que sí, pero no le dio alcance.

    —Normal. ¡Correría que se las pelaría, el tipo!

    —Fijo.

    ¿Mito, realidad? Para conmemorar a los muertos de tan vengativa mujer, se levantó una cruz en lo alto de la torre de la iglesia de Garganta la Olla. Asimismo, a la entrada del pueblo también se puede contemplar una estatua de Isabel con una ballesta al hombro y echando un vistazo a dicha villa. Donde Isabel de Carvajal se convirtió en La Serrana de la Vera.

La revista no se hace responsable de la opinión de sus autores.

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 Víctor Fernández Correas©

www.victorfernandezcorreas.com