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13:41h. Domingo, 22 de Octubre de 2017

MOMENTOS ESTELARES DE LA HUMANIDAD I

El incidente del Equinoccio de otoño

Inauguramos esta sección que lleva por título ‘Momentos estelares de la humanidad,’ en homenaje al maestro Stefan Zweig… 

stanislav petrov 2
stanislav petrov 2

Inauguramos esta sección que lleva por título ‘Momentos estelares de la humanidad,’ en homenaje al maestro Stefan Zweig, con uno de esos momentos en que estuvimos en un tris de dejar de fumar, de beber, de… 

De todo, vamos. Que ha habido unos cuantos, sí, pero como el que se va a contar a continuación, posiblemente ninguno. Y es que el momento en cuestión aconteció un 26 de septiembre de 1983. Hasta tiene nombre: ‘El incidente del equinoccio de otoño’. Y protagonista: Stanislav Petrov, teniente coronel de las Fuerzas de Defensa Aérea Soviética. A él le debemos que sigamos por este valle de lágrimas.

¿Y eso? Porque tuvo la sangre fría para evitar una guerra nuclear. Tal cual. Y con nocturnidad. La cosa ocurrió tal que pasados 14 minutos de las 12 de la madrugada del referido día de septiembre. Se respiraba calma chica en el búnker Serpukhov-15, en las cercanías de Moscú, centro de mando de los satélites soviéticos de alerta temprana. Que ya era; lo de la calma chicha, digo. Sin ir más lejos, tres semanas antes un caza soviético derribó por error el vuelo 007 de Koren Air. El pasaje, lleno de norteamericanos. Entre ellos, un congresista, Larry Mc Donald. Así que lo de calma chicha, cuando lo normal era tenerlos por corbata, más que justificado.

Hasta que sonó la alarma.

–¡La madre que…!

 

misiles

Chilló un militar con los ojos pegados a la pantalla desde que el molesto sonido llamó su atención.

–¿Qué ocurre? –respondió Petrov, al que le tocaba hacer guardia esa noche, dirigiéndose al puesto que ocupaba su compañero.

–¡Que nos atacan!

Las caras de los militares rusos, para verlas. Ahora sí, de corbata. Porque la alarma había saltado tras detectar un satélite ruso el lanzamiento de un misil desde la base de Malmstrom, en Montana (EE.UU,). O sea, americano. Y las órdenes eran claras: en caso de ataque, pepinazo al canto a modo de respuesta. La ensalada de guantazos nucleares, a punto de caramelo. A partir de entonces, nervios, carreras, gritos, voces… Un vodevil. 

―¡Hay que responder! ―escuchó Petrov a su espalda. Tres veces, por lo menos.

Y es que había que estar en la piel de ese teniente coronel. Porque el misil lanzado tardaría poco más de 20 minutos en impactar en San Petersburgo, en Moscú o donde quisieran los americanos. Pero es en estos momentos donde se ve de qué está hecho cada uno. Porque la respuesta de Petrov dejó a todos helados:

―¿Un misil nada más? ¡Nadie empieza una guerra termonuclear sólo con un misil!

Vale. Pero cuando ya no es uno, sino que son dos, tres, cuatro y hasta cinco misiles los lanzados, como que las cosas cambian. Sudores fríos, temblores en las piernas y los ojos de los militares que escrutaban las pantallas, echando chispas:

―¡Cinco misiles, teniente! ―volvió a oír Petrov a su espalda.

Es cuando llega el momento de sacar esa alma de jugador de póquer que todos llevamos dentro. ¿Qué? ¿Responder y que salga el sol por Antequera? ¿Esperar, por si las moscas, y más cuando más de uno estaba convencido –Petrov entre ellos– que las máquinas podían ser menos fiables que una escopeta de feria? En ese caso, sólo quedaba esperar que los radares de tierra los detectaran. Tarde, eso sí, para responder. Da svidániya, tavárishch[i]. Y los ojos de todos los presentes en el búnker clavados en ese teniente coronel que, taza de café humeante en la mano derecha, dio un par de pasos en silencio, pensativo, para después volverse y mirar a todos:

―Os repito que una guerra termonuclear no se empieza con cinco misiles.

―¡Los cojones! ―respondió otro militar dando muestras de gran nerviosismo.

Que llegó al paroxismo cuando la red de satélites Molniya emitió una nueva señal. Codazos para coger el mejor lugar frente a la pantalla de la computadora que recibió la señal. Respiraciones contenidas. Allí no se escuchaba ni el vuelo de una mosca

Y falsa alarma.

stanislav petrov

Después, risas flojas, suspiros, alguno ciscándose en las máquinas de marras, etcétera. Peligro pasado. Y Stanislav Petrov, dando un nuevo sorbo a su taza de café. Luego, volvió a mirar a todos sus compañeros y se quedó más ancho que largo:

―Ya os dije que una guerra termonuclear no se inicia con cinco misiles de mierda.

Más tarde se supo que las falsas alarmas fueron causadas por una rara alineación del Sol sobre las nubes de gran altitud y las órbitas de los satélites. ¡Ah! A Stanislav Petrov le cayó una reprimenda de las que hacen época por no informar a sus superiores de lo acontecido esa noche. En la que nos salvó a todos de irnos a freír puñetas. Como poco.

La revista no se hace responsable de la opinión de sus autores.

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                                                        Víctor Fernández Correas©

www.victorfernandezcorreas.com

 


[i] Hasta la vista, camaradas.