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21:11h. Domingo, 20 de Agosto de 2017

HAY QUE APRENDER A DEJAR IR, A DESAPEGARSE

Lluvia

El Dr. Pizarro suspiró profundamente y subió las escaleras hasta su habitación...

Dibujo: Liliana Flores
Dibujo: Liliana Flores

Miró por la ventana. Estaba lloviendo a cántaros. No había nadie en la calle. Todos preferían estar resguardados en sus casas...

La lluvia había empezado tres días atrás. Al principio, parecía una lluvia como cualquier otra, incluso menos intensa que las normales. La gente decía que solo eran unas gotitas. Pero pasaron veinticuatro horas y la lluvia no había parado ni un solo segundo.

─ El sol saldrá en cualquier momento ─se consolaban las personas.

Y así habían llegado al tercer día, con la lluvia que, lejos de terminar, se hacía cada vez más intensa, convirtiéndose poco a poco en una tormenta.

El Dr. Pizarro se preguntó qué estaría haciendo en esos momentos su esposa. ¿Dónde habría ido? ¿A la casa de sus padres? ¿A algún hotel lejano? ¿Estaría por allí cerca, o se habría marchado de la ciudad? No conocía las respuestas pues su esposa, simplemente se había marchado hacía tres días, sin decir palabra ni hacer ninguna maleta. De hecho, todas sus cosas seguían en la casa.

No sabía dónde estaba, pero sí conocía, o al menos creía conocer, el motivo por el que se había marchado, el cual estaba directamente relacionado con la respuesta a la pregunta de ¿por qué está lloviendo tanto? Según él, la lluvia empezó justo después de que Laura muriera, así que debía tratarse de lágrimas del cielo… Él también lloró a mares cuando su hija había muerto.

lluvia

─ ¿Cómo no fuiste capaz de salvarla? ─le gritó su esposa, siendo estas sus últimas palabras antes de marcharse.

─ Tiene razón ─se decía el doctor─. Yo soy el mejor médico de la ciudad. Todos mis pacientes, sin excepción, se han curado. Todos… Menos mi hija. ¡He logrado salvar a tantas personas! Pero a mi hija no. ¡Soy un médico patético!

Lleno de rabia, se dirigió a la cocina, cogió un cuchillo, y ya se disponía a clavárselo en el corazón, cuando escuchó una voz:

─ No lo hagas, padre.

Se detuvo justo a tiempo, se giró y vio a su hija, Laura.

─ No… No puede ser… Debo estar volviéndome loco ─dijo.

─ No, papá. Esto no es una alucinación. Soy real, muy real.

─ ¡Pero tú falleciste! Yo no fui capaz de salvarte…

─ Es cierto. Pero no debes sentirte culpable, pues hiciste todo lo que estuvo en tu mano.

Y al final, lo que tuvo que ocurrir, ocurrió. Todos morimos alguna vez, padre. Algunos antes y otros después. No se puede querer que las cosas sean eternas. Hay que aprender a dejar ir, a desapegarse. Por eso he venido para decirte que tu vida continúa, debes quedarte con los buenos recuerdos, y seguir viviendo.

Después, el espíritu de Laura se esfumó. El Dr. Pizarro nunca sabría si lo que vio fue real o solo una alucinación, pero el hecho es que le hizo caso a su consejo. Siguió con su trabajo, curando y salvando personas, habiendo aprendido la importante lección del desapego.

 

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Rubén Darío Ávalos

www.rubenavalos.com